En una enciclopedia impresa cerca de la palabra mediana está la palabra mazorral. A mi hermana Daniela le causó gracia. Ella tiene un gusto por las palabras que resuenan como hoy cuando en las noticias usaban el verbo chatarrizar. En la experiencia física de navegar por las palabras a través de un diccionario, sucede algo similar a lo que significa entrar en una biblioteca de estantería abierta comparado con un catálogo en línea.
Es cierta la ventaja que acarrea que con un motor de búsqueda, encontrar algo con precisión sea más rápido y fácil, pero la posibilidad de pensar lateralmente se reduce a poder seguir hipervínculos. Si bien los criterios de organización de una biblioteca siguen una lógica de clasificación decimonónica, lo cierto es que si la idea es navegar por ella, las posibilidades de autoaprendizaje son igual de potentes a la versión virtual mediada por motores de búsqueda.
Recuerdo un capítulo de los Simpsons en el que Apu vive con ellos, y en la cocina pone unas latas de maíz al alcance de los niños y no guardados en las estanterías. Estoy de acuerdo con que cada vez hay un mayor acceso a la información y estoy debería representar mayores espacios de acceso físico a la misma, en los repositorios que actualmente corresponden a las bibliotecas. La libertad de acceso no es sólo una cuestión virtual sino que debe devolverse al espacio público y generar la colaboración en las plazas y parques.
